Me levantaba por las mañanas, casi siempre a la misma hora. Y el primer pensamiento que me venía a la mente era qué ropa me iba a poner para ir a trabajar.

Trabajaba en una oficina y tenía que vestir arreglada. Nada de zapatillas y ropa ancha, como a mi me gusta ir.

Simplemente eso ya me hacía empezar mal día.

Una parte de mí desaparecía.

Dejar el trabajo para empezar una nueva vida

Mucha gente de mi entorno me decía que tenía suerte de estar donde estoy, que había encontrado trabajo muy rápido y encima de lo «mío». Sólo tenía que escalar un poco en la empresa, conseguir que me subieran el sueldo y ya tenía la vida solucionada. Que no me quejase tanto.

Y la verdad es que lo tenía todo hecho. Con 26 años ya contaba con 3 años de experiencia en el sector que me había formado. Tenía una pareja estable y bastante dinero ahorrado en comparación con la gente de mi edad.

El siguiente paso era ir a por la casa ¿No? De hecho ya estaba mirando algunas para meternos mi pareja y yo en una hipoteca.

En un par de años casarnos y, si puede ser a los 30, tener nuestro primer hijo.

Sinceramente,  no tengo ni idea de donde está todo esto escrito, pero me lo sé de memoria.

Pues bueno, yo soy ese pececillo a contracorriente que decidió dejar el trabajo y poner la vida patas arriba.

Pero antes de deciros el porqué, quiero contaros cómo llegué hasta esa decisión.

Mi experiencia

Antes de este puesto, trabajaba en la misma empresa pero en un puesto inferior. Trabajaba en la planta de producción a turnos rotativos, mañana, tarde y noche. Estuve 2 años y medio cambiando cada semana mi rutina, ciclo de sueño y comidas.

Es cierto que muchos compañeros lo llevaban bien, incluso a algunos les gustaba porque tenían más tiempo libre. Pero yo no lo soportaba, me desordenada totalmente y estaba afectando a todo mi ser. No sé como aguanté tanto tiempo.

Pero gracias a este inconformismo mi mente hizo un «click» y empecé a buscar salidas. En mi cabeza no paraban de entrar ideas para emprender y comencé a buscar por internet. Conocí a muchos bloggers que vivían de negocios online y ¡Madre mía! se abrió un universo nuevo para mí.

Cada vez me adentraba más en este maravilloso mundo y cuanto más sabía, más ideas me venían. Fue una auténtica locura.

No podía parar de hablar de nuevas formas de emprender, modelos de negocios y la idea de crear mi propia vida.

Pero ni me planteaba la posibilidad de dejar mi trabajo en ese momento.

En agosto del 2018 me ofrecieron un puesto en oficinas y acepté. Me motivaba mucho poder implantar todos mis conocimientos y demostrar que era una buena profesional.

El ambiente era genial, lleno de gente joven y con un jefe que admiraba. Pero dentro de mí, había algo que no cuadraba. Yo seguía pensando en hacer algo mucho más grande, empezar a cumplir mi sueño en lugar del sueño de otros.

Estaba casi todo el día sentada, mirando por una ventana que salían algunas ramas de un árbol y frente a una pared llena de relojes que me recordaban que la vida iba pasando.

Cada día me apagaba un poco más, se consumía toda mi energía y no tenía fuerzas para hacer nada después del trabajo. Todas las horas que estaba ahí, era tiempo que podía estar gastando en probar y aprender cosas nuevas.

Sólo podía esperar a que llegase el fin de semana para hacer lo que realmente me gustaba.

¿Y esto es la vida?

¿Ya está?

¿Ya tengo un trabajo de lo «mío» y debo seguir por este camino hasta que me jubile?

Pues no. Yo no iba a quedarme ahí sentada esperando las vacaciones. Mi vida no podía acabar ahí.

Sé que podía aportar mucho más valor a este mundo.

Todos somos diferentes

Cada uno de nosotros hemos crecido en entornos diferentes, con una educación diferente y con unos recursos diferentes. Por lo tanto, está a la vista que no somos iguales. Hasta aquí está claro.

Cada persona desarrolla unas inquietudes y preferencias distintas. ¡Es imposible que sea el mismo camino para todos!

La mayoría de gente que yo conozco se pone una máscara para trabajar y se la quitan al salir. Se convierten en personas con doble identidad, y en algunos casos, totalmente diferentes.

No entiendo porque esta sociedad nos ha enseñado que todos debemos seguir por el mismo camino. Y que un trabajo en una oficina y vistiendo ropa bonita está más valorado y se considera más exitoso.

Nos dicen que debemos trabajar de lo que hemos estudiado y que si no lo hacemos,  perderemos todos esos años previos.

Se creen que es imposible tener flexibilidad laboral, y que salir un viernes a las 15h es de ser muy afortunado.

Y yo pienso, ¿Por qué nos «han marcado» las mismas pautas a seguir, si cada uno de nosotros somos diferentes?

No digo que ese modelo de vida está mal, habrá a gente que le funciona y es lo que quieren. En mi oficina veía a compañeros que estaban en su salsa y disfrutaban a tope de su trabajo.

Para mí la felicidad es cuando lo que somos, lo que hacemos y lo que pensamos es lo mismo. Y lograr ese equilibrio debería ser la meta en esta vida.

No dejar el trabajo por miedo

Quejarse del trabajo es algo normal. Es una conversación típica entre compañeros, amigos y familia. Se habla del estrés que provoca,  el agotamiento después de esas jornadas de 10 horas diarias y la cantidad de trabajo que hacen a desgana. Se pasan el día mirando el reloj para llegar a su casa, cenar y dormir. Y así toda la semana, esperando esos 2 días para disfrutar.

Según varios estudios, mucho más de la mayoría de las personas no les gusta su trabajo.

Dejar el trabajo es algo que se plantea mucha gente, pero que en realidad nunca llegan a hacer.

¿Cuántas veces has fantaseado con que te toca la lotería y por fin puedes invertir en esa gran pasión que tanto te gusta?

Uno de los impedimentos es el miedo.

Miedo al fracaso, miedo a perder los ingresos económicos, miedo por el que dirán, miedo a no encontrarse, miedo al miedo…

Yo también tenía miedo, y lo sigo teniendo. Esta aventura no acaba más de empezar y no tengo ni idea qué me depara el futuro, pero no podía pasar el resto de mi vida con la duda.

Hay una historia que me la contó mi madre cuando le anuncié mi decisión de dejar el trabajo. Luego investigué y vi que se trataba de un libro «The top five regrets of the dying: A life transformed by the dearly departing» – «Los 5 principales arrepentimientos que tiene la gente antes de morir«, en la versión española.

Este libro, escrito por una enfermera australiana que trabajó durante muchos años en un hospital de pacientes terminales, recopila los arrepentimientos antes de morir de esos enfermos: 

1.- Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera.
2.- Ojalá no hubiera trabajado tanto.
3.- Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía.
4.- Ojalá volviera a tener contacto con mis amigos.
5.- Me hubiera gustado ser más feliz.

Todos esos arrepentimientos son por cosas que NO hicieron, ninguno por cosas que SÍ hicieron.

Esto hace plantearse muchas cosas, ¿Verdad?

Las 5 razones de porqué dejé mi trabajo

  1. Necesito una flexibilidad laboral. Me encanta la espontaneidad e ir improvisando conforme yo me sienta. No tengo siempre la misma energía y necesito adaptarme a lo que me pida el cuerpo.
  2. No quiero que me impongan una forma de vestir o actuar. Quiero ser yo misma, sentirme cómoda y relajada.
  3. Quiero aportar valor a este mundo. Trabajando en una empresa privada sólo ayudaba a ganar más dinero al empresario que había detrás. 
  4. Tengo necesidad por ayudar a los demás a sentirse mejor. Creo que es lo más gratificante en un trabajo.
  5. Necesito trabajar donde me dé la gana o donde a mi me apetezca. En mi casa, en un coffee o mientras viajo.

Aún no lo he conseguido, pero vamos a intentarlo ¿no?

Te seguiré contando cómo va el proceso en mi blog.